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martes, junio 16, 2015

ALFREDO POCOPELO

Amigos y amigas les dejo con un relato que espero les agrade e interese


ALFREDO POCOPELO (1)

Alfredo Pocopelo va de barra en barra huyendo de sus propios miedos que están casi a punto de alcanzarle. Después de recorrer las estaciones donde copa a copa ha llenado hasta estar cerca de saciar su botella interior. Ha llegado a su casa derrotado, odiándose. ¡Una vez más la cobardía me ha ganado! –se dice a sí mismo.
Su mujer, Pepita la Presumida, hace tiempo que no le mira ni le respeta, ha perdido la esperanza de encontrarse de nuevo con aquel Alfredo Muchopelo que conoció hace años. Le grita:
–¡Borracho, eres un borracho sucio! – le repite su Pepita Grillo, que es bastante pesada y un tanto antipática.
Pocopelo se va derecho a la cama. Se tapa los oídos para protegerse de los chillidos, de aquella agresiva cacatúa, pero es inútil. Su infierno se encuentra dentro de su cabeza, en todo su cuerpo… Mientras, con las copas trata de olvidar, anestesiar el dolor de la frustración y el desencanto de no haber conseguido ser un pintor de talla internacional: un Picasso, un Van Gogh, un Manolo Millares, un César Manrique… Se quita las manos de sus pabellones auditivos:
–¡Borracho, borracho! –le repite su lorita Presumida.
¡Pues, yo no me voy a rendir así como así!, se dice con cierta rabia. Si no soy un pintor internacional, podré serlo nacional, insular o de mi villa, se dijo ahora tan bajito que casi no se le oía. ¡No volveré a beber nunca más! Se querrá cómo es, ambicionando crecer. Será un campeón, porque no ha de haber otro semejante a él.
CONTINUARÁ
Félix Martín Arencibia 

martes, junio 02, 2015

EL VIEJITO DEL PERIÓDICO



EL VIEJITO DEL PERIDIÓDICO (I)

           
Adolfito Déniz, el Verruga, llega al bar La Cuevita. Busca con ansiedad su periódico favorito. No lo encuentra. Vuelve a mirar. ¡Ah, en  aquel  rincón lo tienen!, se dice.
–¡Por favor, joven!, ¿le importaría cederme la prensa cuando lo lea? –pregunta con su vocabulario refinado por las lecturas diarias del periódico local.
–¡Por supuesto, espere un momentito que estoy terminando de leer los deportes!
Pasó un rato corto, que a Adolfito, en su desespero, le pareció un tanto largo.
–Tome, le dijo el muchacho.
–¡Gracias!, contestó aliviado el anciano.
Adolfito Déniz tenía alrededor de ochenta años, siempre iba erguido y destacando su prominente barriga. En su cara sobresalía su tono algo colorado, sí, colorado como decían los abuelos. Algunas malas lenguas apuntaban que era de tanto ron que bebía. ¡Allá él con su vida!, pensaban algunos.  Su pelo era blanco, rizado y abundante. Llamaba también la atención su nariz, parecía una especie de albóndiga con verrugas o algo parecido a un aborto de papa con bultos. Sus ojos eran más bien pequeños con pestañas blancas y unas cejas bien gruesas como si estuvieran marcadas con trozo de leña de brasero. La verdad es que su cara no resultaba atractiva para un busto callejero, o quizás sí, precisamente por ser un tanto peculiar.

Adolfito, el Verruga, leyó el periódico con fruición, con un regusto poco común en una persona de su edad. Lo paladeó de la primera a la última letra, sin que se le quedase ninguna atrás. Lo fue leyendo casi al ritmo de los tragos del vaso de ron que le hacía de único acompañante. Se cree al pie de la letra todo lo que dice el diario. Lo vive todo con mucha intensidad y va reflejando en su rostro: la alegría, la risa de los chistes, el horror de las guerras, la tensión de los deportes, y la tristeza algo cotilla de los sucesos... A veces se le cae alguna lágrima por no se sabe qué suceso. Para él no existe otro mundo que el que aparece en el papel.
CONTINUARÁ

sábado, marzo 03, 2012


BOSSI, EL ENANO GIGANTE

 Bossi sufre, está triste. Piensa que la Naturaleza le ha maltratado. ¡No seas desagradecido!, le recrimina una vocecita interior. Es y se siente pequeño. ¡La hormiguita atómica!, le llamaban sus amigos. ¡Simpáticos los niños!, comenta solito en la cama.

 Cada vez se siente más pequeño. Se cree un garbancito como el del cuento. Una vaca gigantesca se le acerca. ¡Está perdido! ¡No se salvará! ¡Corre! ¡Más deprisa, más deprisa.! ¡No puede más! ¡Se lo tragará!

Se despierta sudando, temblando, con los ojos a punto de salírseles de las órbitas. Mira a través de los cristales de la ventana. Queda embebido con el campo recién pintado de primavera y eso le va animando. Ya más tranquilo se pone a leer los titulares de los periódicos. ¡Bossi ha sido el héroe del partido! Esto le hace crecer en estatura ¡Gigantesca la hormiga atómica! Crece aún más.

 Al salir de su casa para ir al partido se despide de su madre con un beso. ¡Te cuidadito Bos, no te des en la cabeza con la puerta al salir! ¡Vale, mama! Llega al estadio tres horas antes del partido. Se mete en el vestuario solo. Le surge de nuevo el miedo. Va  encogiéndose. Se convierte nuevamente en una hormiga.

 Llegan sus compañeros de equipo. Apenas le ven de tan pequeñito que se ha hecho. ¡Eh, anímate, hormiga atómica!, le dice Leoncio Africano. No le hace ninguna gracia la broma del mono ese, a pesar de que era su mejor amigo.

 Salen al estadio todos los componentes del equipo. El va el último. Nadie lo ve. Empieza el partido. Ya se le va distinguiendo cada vez más. Va creciendo. Regatea a uno, dos, tres, cuatro… Hace una serie de paredes con Leoncio, Cabecita Pelada, Suave como la Seda… Va recibiendo aplausos y eso le hace acrecentar cada vez más. Roba una pelota en el medio campo, y va driblando contrarios, uno, otro, otro… Le queda sólo portero, está un poco lejano e intenta taparle. Le hace una vaselina prodigiosa. ¡Goool, goool, goool! En el estadio se desata el éxtasis, la locura. Se oye: ¡Gigante, gigante, gigante! Bossi va creciendo alcanza la altura de las gradas. Termina  sacando su cabeza un poco fuera del estadio. Todos quieren tocarlo. Las quinceañeras se le tiran encima histéricas. Es fuerte y lo soporta todo.

Termina el partido se queda en el campo. No cabe por la puerta que lleva a los vestuarios. Piensa en su situación. Se pone un poco triste. No le gusta ser tan diferente. Se vao desinflando poco a poco. Se convierte en pequeño de nuevo. Cree que no es tan chiquito cómo una hormiga ni tan grande como un gigante. Simplemente hace unos regates y marca unos goles. Piensa aceptarse como Bossi el pequeño y que por sí mismo es valioso. Bueno, de vez en cuando le gustaría convertirse en un gigante para dar de merecer a algún pesado bromista que le llama: ¡Hormiga atómica! ¡Ja, ja cómo se va a reír de Leoncio el Africano y de Cabecita Pelada!, que por cierto son sus mejores amigos.
FÉLIX MARTÍN ARENCIBIA